Ahora que lo pienso, creo que este título se queda un poco corto, ya que en realidad, las mudanzas fueron dos. A finales de junio, abandoné el que había sido mi hogar durante los últimos seis años en Galapagar. 

Me da la impresión de que cuando uno echa raíces en un sitio, da un poco igual vivir en una vivienda propia, o en una de alquiler, empiezas a montar tu nido y eso  irremediablemente, al menos en mi caso, lleva consigo el hecho de acumular. Compras cosas que en este momento no necesitas, pero que igual en el futuro sí y ¿qué decir de los objetos de decoración? ¿por qué extraña razón siempre encuentro una vela, un jarrón o un marco, muy grandes a ser posible, que son justo lo que necesitaba este rincón para estar perfecto, es más, ¿cómo es posible que un piso de 50 metros cuadrados tuviera todavía algún rincón en el que cupiera algo después de seis años?

Para dificultar todo un poco más, me encontraba ante un dilema. Todavía no tenía casa ni trabajo en Glasgow, así que el proyecto de mudarme no era una realidad todavía, y evidentemente no iba a necesitar las mismas cosas si finalmente me venía o si me quedaba en España y me instalaba con mi hermana o con mi tía.  Al final tiré, regalé o vendí la inmensa mayoría de lo que tenía y aún así, increíblemente tenía una cantidad vergonzosa de cajas, bolsas y paquetes que tuve que dejar repartidas en casa de la familia, mientras lidiaba con el casero que pretendía montar visitas al piso cada media hora.

El segundo gran quebradero de cabeza fue ¿cómo venir? y aquí la culpable de todo fue la perrita feliz. Yo estaba muy tranquila y muy feliz porque habían quitado un millón de obstáculos y tramites burocráticos (cuarentena incluida) para viajar con animales al Reino Unido, así que mi mayor preocupación era encontrar una compañía de confianza para viajar con Shona y que no resultara muy cara. Pero como os imaginaréis, las cosas, una vez más no iban a resultar tan sencillas y en julio, mientras pasaba unos días aquí buscando casa y  trabajo, mía miga Ailie, que se acababa de trasladar a Edimburgo desde Finlandia me hizo darme de bruces con la realidad: la única forma de meter un animal en Reino Unido por aire es como mercancía, es decir, solo pueden entrar en un cargo y eso supone un dineral que yo no me podía permitir. La opción número dos era por mar, pero eso suponía viajar en coche y yo no me veía capacitada para conducir por Inglaterra y Escocia, por el lado contrario, después de atravesar toda España y media Francia.  Y aquí es donde entra mi amiga Bego, que además de ser muy maja es muy arrojada y que me soltó como si tal cosa un “Yo te llevo” que a mí me hizo ver como se abría el cielo y bajaban ángeles rubios cantando el Aleluya de Haendel.

Y así fue como casi dos meses después, en la calurosa tarde del 22 de agosto, cargamos toda mi vida en el coche para dejar todo listo y poder salir en la madrugada del día siguiente. No os imagináis lo difícil que fue cargarlo todo. El coche de Bego es grande pero lo llevábamos cargado hasta  los topes y además teníamos que dejar hueco para Bego, para Fer, su amigo que venía con nosotras, para Shona y para mí. Cada vez que teníamos que volver a vaciar el coche para  intentar encontrar otra manera de cargarlo todo, una voz en mi interior me decía: “venga, todavía estás a tiempo de echarte para atrás”. Y es que la noche anterior tuve que despedirme de mis sobrinos, que ha sido probablemente lo más difícil que he hecho en mi vida, por la mañana me despedí de mi hermana y de mi cuñado y me esperaba la despedida de mi tía Juli, que para mí es como una madre, a la mañana siguiente.

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El 23 por la mañana muy temprano me despedía de mi tía y salíamos entre lágrimas y con el corazón dolorido rumbo a la aventura de empezar una nueva vida desde cero y muy lejos de mi gente. ¡Gracias a los chicos que se emplearon a fondo para animarme y hacerme reír todo el camino!

El viaje fue genial aunque muy, muy cansado.  A eso de las doce o la una llegamos a Hondarribia donde paramos para comer, estirar las piernas y tomar un café. Aquí Shona, en un intento asesinar a un perro que se atrevió a ladrarle, hizo besar el suelo a Begoña, por suerte no se hizo daño y antes de darnos cuenta, con la tripa llena de tortilla de patatas de mi tía, llegamos a Francia y el viaje dejó de ser tan plácido, aunque fue mucho más divertido.

En primer lugar, evidentemente, todos los carteles y señales estaban en francés y aunque podíamos deducir con relativa facilidad casi todas, en algún momento  no teníamos muy claro si íbamos en la dirección correcta o si nos estábamos desviando del camino.

Cuando por fin comprobamos que íbamos bien, nos adelantó un policía de carretera y nos hizo desviarnos. Aquí nos entró el pánico: el coche iba hasta los topes, llevaba un montón de comida, la perra quería saludarlo y nosotros no entendíamos francés. Al final entre su poco inglés y nuestro poco francés (oui/no/merci/monsieur) salimos del paso con la conversación más surrealista imaginable en la que en un momento dado nos preguntó si llevábamos drogas en el coche, nosotros contestamos como histéricos (y como auténticos muleros) que no. El policía echó un vistazo a la parte de atrás donde íbamos Shona y yo (abrazada a mi garrafa de aceite de oliva tapada con una manta, convencida de que me la iba a requisar) y creo que pensó que prefería arriesgarse a que metiéramos drogas en el país a tener que ponerse a registrar el coche según iba, y nos dejó seguir el viaje con una sonrisa.

Pero este no iba a ser nuestro único problema con el idioma. Unas horas más tarde y metidos en un atasco sin fin, tuvimos que aceptar el hecho que no íbamos a llegar a Rouen antes de las 8 ni aunque nos llevara Emerson Fitipaldi en el coche fantástico, así que no nos quedaba más remedio que llamar al hostal para avisar si no queríamos quedarnos a dormir en el coche, en algún parking de camioneros. Pero la sorpresa fue que no había nadie en el hostal que hablara en español o en inglés, así que dado que yo había dado cinco clases de francés en la universidad (les dio igual que solo fueran cinco porque era tan mala que el profesor me invitó amablemente a cambiar de idioma), me tocó a mí intentar arreglar el tema de las llaves. Al final, entre unos y otros (los otros eran los de Google translator que parece ser que tanto el chico del hostal como yo estábamos usando), solucionamos el problema, aunque reconozco que hasta que hasta que no me vi con las llaves en la mano no las tenía todas conmigo.

El resto del viaje fue tranquilo, pero se nos hizo muy tarde. Casi al final del camino, Shona, que se había portado fenomenal todo el viaje, empezó a jadear muchísimo, y Bego, que es auxiliar veterinaria, nos hizo parar un rato y pasearla porque podía ponerse muy mal. Ya al poco de llegar a Rouen, donde íbamos a pasar la noche, nos perdimos y aún tardamos más. Por fin, a las doce de la noche, llegamos, subimos a nuestras habitaciones, nos duchamos y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente a las siete, Shona y yo ya estábamos en la calle dando un paseo y viendo un poco la ciudad. Había leído que era un lugar muy bonito, la ciudad de las catedrales, y me parecía un pecado estar solo de paso. Y la verdad es que mereció la pena. El trocito que vimos en el centro es tan bonito, que Rouen fue directa a mi lista de sitios que quiero visitar en el futuro. Cuando los chicos estuvieron listos, dimos un paseo rápido que Shona aprovechó para enfrentarse con una rata del tamaño de un gato montés en los jardines de la catedral.

Después de recuperarnos del susto y que la mitad de la población de Rouen se despertara por mis gritos, tomamos un café y partimos rumbo a Calais.

Llegamos en un par de horas y, …¿adivináis? nos pasamos de salida y nos desviamos bastante, tanto, que perdimos nuestro ferry. A estas alturas yo ya estaba de los nervios. Nos enfrentamos a la hora de la verdad: pasar el control en la frontera con Shona. De repente me entró el pánico. Tenía muy claro que si descubrían todo el fuet que llevaba sin envasar al vacío e intentaban requisármelo, iba a comérmelo todito antes de cruzar. Para lo que no estaba preparada era para que no me dejaran pasar a Shona. A fin de cuentas, la razón de la odisea del viaje en coche era ella.  El primer paso fue bien, perder el ferry no supuso un problema y nos cambiaron el billete. Al cruzar la frontera vino lo malo. Yo ya estaba histérica y por alguna razón solo quería llorar. Entregamos nuestra documentación, me pidieron que escaneara el microchip de Shona. Al revisar su documentación, el señor encontró un problema y tuvo que hacer una llamada que me dicen que no fue muy larga pero que a mí me pareció eterna. La cosa pintaba tan mal que incluso me planteé el chantaje: mi perra por todo el embutido que llevaba en el coche y la garrafa de cinco litros de aceite de oliva que llevaba disimulada debajo de una manta por si acaso. ¿Qué podía salir mal? el señor era francés y los franceses tienen el morro fino. Al final, todo resultó un malentendido: el veterinario me puso tres meses de validez del efecto de las pastillas para desparasitar en la cartilla, pero el señor entendió que era el sello el que  tenía esa validez. En fin, debía ser su primer día y no se enteró de nada, pero me dejó pasar a la perra después de explicarme con mucha condescendencia que el sello solo valía para dos días más, yo le di las gracias y le dejé sumido en su estupidez. Él se quedó muy satisfecho pensando que había hecho su buena acción del día y yo estaba demasiado ocupada dandole besos y abrazos a mi gordita y regocijándome por mantener mis viandas intactas como para hacerle ver su error.

A partir de aquí, empezamos a tomar contacto con los británicos y a pasmarnos con el desaforado amor que sienten por los perros, y es que además de hordas de gente pidiéndonos permiso para acariciar a Shona, una señora se acercó para decirme si le podía hacer una foto (con su cámara réflex de 3000 euros, chúpate esa Naomi Campbell).

El viaje en ferry fue corto. Shona se tuvo que quedar en el coche y nosotros aprovechamos para recargar pilas con nuestra combinación favorita durante el viaje: café y patatas fritas de bolsa, aderezadas a veces con chocolatinas. Después un amago de siesta y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos en el coche, con Bego al volante, decidida a empezar la ruta conduciendo por la izquierda. Ni que decir tiene que ya bajando del ferry íbamos mal, pero mi Bego es inasequible al desaliento y ni los conatos de guerra en el coche, ni el susto, ni las rotondas infernales de Dover pudieron con ella. A estas alturas del camino, el equipaje se había movido tanto que había invadido la cama de Shona y ella, que es muy resolutiva se había acomodado sobre mí. Hacía calor y treinta kilos de perra encima no ayudaban.

El calor se pasó en cuanto cruzamos la frontera, ya de noche y llegamos a Escocia. Justo en ese momento empezó a diluviar, paramos en un centro comercial que había en mitad de la autopista y que se extendía a ambos lados de la carretera. Muy confuso todo.

Por fin, pasadas las doce de la noche, y tras volver a perdernos, claro, llegamos a Shotts, donde nos esperaban mi amiga Jessy y su marido Ian, que nos habían montado la cama, que en serio, en ese momento era en lo único en lo que podía pensar.

Así terminó a gran mudanza, Una aventura de dos días y más de dos mil kilómetros en la que hubo de todo, nervios, estrés, miedo, cansancio, alguna bronca, pero sobre todo muchas, muchísimas risas y una experiencia que por muchas razones, nunca olvidaré.

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